Almas en pena —¡Diez mil diablillos verdes! ¡Vaya noche, vaya noche tan odiosa! Jules de Grandin se detuvo bajo la entrada para vehículos del teatro y observó las cortinas de lluvia que caían del cielo con un feroz fruncimiento de ceño. —Bueno, el verano está muerto y el invierno aún no ha llegado —le recordé intentando calmarle—. Estamos en octubre, y es lógico que tengamos algo de lluvia. El equinoccio de otoño... —¡Espero que los demonios más selectos de Satanás se larguen volando con el equinoccio de otoño! —Me interrumpió el pequeño francés—. Morbleu, sólo Dios sabe cuánto tiempo llevo sin ver el sol. ¡Además, me encuentro abominablemente hambriento! —Eso es algo que sí podemos remediar —prometí, apartándole del refugio ofrecido por la cornisa y llevándole hacia mi coche—. ¿Y si nos pasamos por el Café Bacchanale? Siempre suelen tener algo bueno para comer. —Excelente, magnífico —dijo Jules de Grandin con entusiasmo, instalándose ágilmente en el asiento trasero y baj...
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